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Catalina de Lancaster, primera princesa de Asturias

Hertford (Inglaterra), 1372 – Valladolid, 2 de junio de 1418.

Constanza de Castilla
Juan de Gante, duque de Lancaster

En septiembre de 1369, en la localidad de Roquefort, en Guyena, la hija del rey Pedro I de Castilla y de María de Padilla, Constanza, se casaba con Juan de Gante, duque de Lancaster e hijo del rey Eduardo III de Inglaterra.

En 1372 nació la primera hija del matrimonio, Catalina.

Desde los primeros momentos, siendo nieta del rey Pedro I de Castilla, Catalina fue considerada en el reino de Inglaterra como heredera del trono castellano.

En principio se formó para ella una casa cuna, con una nodriza,  varias encargadas de velar a la niña por la noche, una camarera, una lavandera y varias sirvientes.

Desde los tres años ya tuvo casa propia en el castillo ducal de Melbourne y su educación fue confiada a lady Mohun, viuda de un miembro del séquito del Príncipe Negro, el hermano de su padre, Juan de Gante. La educación de Catalina era la propia de la época: lectura, artes textiles, escritura y oraciones.

En 1381, Catalina ya figura en los documentos como Katerine d’Espaigne. Su padre, Juan de Gante, decide pasar a la acción y luchar por el trono de Castilla. En mayo de 1386, el duque de Lancaster firma el Tratado de Windsor, una alianza anglo-portuguesa, reclama el trono de Castilla en el nombre de Catalina y el de su madre, Constanza, y desembarca en La Coruña el 25 de julio de 1386. Desde allí se trasladan a Orense, donde establecen su Corte para pasar el invierno, y a donde llegan los embajadores castellanos, enviados por Juan I, y en un intento de solucionar la situación, proponen el matrimonio entre Catalina y el heredero castellano, Enrique, seis años más joven que ella.

La Catedral de San Antolín de Palencia, foto de Ana Lourdes Santoyo Lopez

El 17 de septiembre de 1388, en la catedral de San Antolin de Palencia, se celebran esponsales de Catalina, de 16 años, y Enrique, de 10.  Con este motivo, a Enrique le fue otorgado el título de príncipe de Asturias, siendo desde entonces el título del heredero del trono. Catalina se convierte en la primera princesa de Asturias.

La forma que guardo el rey en la sublimación de esta dignidad fue esta. Sento a su hijo en un trono real, y llego a el, y vistiole un manto, y pusole un chapeo en la cabeça, y en la mano una vara de oro, y diole la paz en el rostro, llamándole Principe de Asturias”.

Quedaban unidas las dos ramas sucesorias de Alfonso XI.

Palencia fue el lugar elegido, entre otras razones, por su importancia simbólica. Según González Dávila: “…en remuneración del servicio que le avia hecho en el año antes, que como llegasse el duque de Alencastre con su gente a poner cerco a Palencia, en la sazon que estava sola, y sin gente:….las dueñas y ciudadanos y gente del pueblo defendieron animosamente sus puertas, torres y muros… Por esta hazaña el rey don Juan concedió a las mujeres nobles desta ciudad que pudiessen traer bandas de oro encima de los tocados y ropas, como las traian los caballeros de la Vanda…

El duque de Lancaster y su mujer, Constanza, renuncian los derechos al trono de Castilla a cambio de una importante compensación económica (600 mil francos), una renta anual de 40 mil y Constanza recibe de por vida Guadalajara, Olmedo y Medina del Campo.

Siendo ya mayor de edad, Catalina firma personalmente las condiciones de matrimonio.

El 9 de octubre de 1390, el rey Juan I de Castilla, muere cerca de Alcalá por la desgraciada caída del caballo, lo que convierte al príncipe Enrique y a Catalina en nuevos reyes.

El matrimonio se celebró en Madrid en 1393, siendo ya Enrique rey de Castilla con el poder efectivo y teniendo 14 años.

Pero al cumplir los 17 años, Enrique manifestó por primera vez la enfermedad (probablemente una lepra de tipo tuberculoide) que al principio progresó lentamente.

Sin embargo, en la tardanza en tener herederos, los cronistas no culpaban al rey, a pesar de su delicada salud, sino a la reina. Según Fernan Pérez de Guzmán, “el gran talle del cuerpo de la Reyna estaba acompañado de robustez de humores y gran fuerza de calor natural que la incitaba a tomar mas alimento en las comidas de lo que es regular en las mujeres”.

Ocupándose, como era costumbre de las reinas castellanas, de los asuntos y fundaciones religiosas, Catalina fundó el convento de la Orden de Predicadores, Santa María de Nieva. Desde el milagroso hallazgo de una imagen mariana, en 1392, el santuario quedó bajo protección de la reina. Ella solicitó al papa Clemente VII un prior y seis capellanes que se encargasen de atender el culto de la recién encontrada Virgen y fundó una villa independiente de Segovia y de Nieva. También pide una bula al papa, que será despachada el 20 de febrero de 1393 para dejar el lugar libre de la jurisdicción del cura de Nieva. Conseguidas las bulas, la reina nombró al primer prior, Juan González que con seis capellanes, llamados “capellanes de la reina” se encargaban de atender a fieles y peregrinos y del culto a la Soterraña.

Sin embargo, su principal fundación fue la Capilla de Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo.

La piña dorada, divisa de la reina Catalina de Lancaster

Catalina fue la introductora de moda de las divisas en España, utilizó como símbolo personal la divisa de la piña, considerada la primera divisa femenina de una reina de Castilla. El emblema consiste en una piña dorada en campo con forma de losange sostenido por dos grifos.

El 14 de noviembre de 1401 nació la primogénita, María (que casara con su primo Alfonso V de Aragón). Al parto asistieron algunas damas nobles como doña María, la hija de Pedro I, y Teresa de Ayala, su madre, quien fue elegida madrina. Fue jurada heredera en caso de faltar hijo varón en las Cortes de Toledo el 6 de enero de 1402.

En enero de 1403 tuvo otra hija, Catalina, y después del parto la salud de la reina empezó a empeorarse a la vez que subió bastante de peso y empezó a tener los primeros síntomas de perlesía, enfermedad que debilita los músculos.

Hasta el nacimiento de la primera hija del rey Enrique, su hermano menor, Fernando,  tenía esperanzas de heredar el trono de Castilla. Más tarde, lejos de abandonar esta idea, Fernando acordó el matrimonio de su hijo mayor, Alfonso, con la princesa de Asturias, María. Sus esperanzas se quedaron en nada con la noticia del tercer embarazo de la reina en 1404.

El 6 de marzo de 1405, en Toro, en el palacio del Real Monasterio de San Ildefonso, nació un heredero, Juan. Don Enrique tomó más precauciones de las habituales ante el tercer parto, escribió a la priora Teresa de Ayala, quien ya ayudó a la reina en los partos anteriores, para que acudiese a Toro con tiempo para ayudar a Catalina. Se decía que el niño Juan heredó de su madre el físico: “…de grande y hermoso cuerpo, blanco y colorado mesuradamente”, según Fernan Pérez de Guzmán.

Como era costumbre, la reina Catalina comunicó personalmente la noticia del nacimiento del príncipe a las ciudades castellanas.

El rey ordenó que Juana de Zuñiga, esposa de Fernando López de Estuñiga, ama de cría de la infanta María, prestara este servicio también al príncipe Juan. Parece que la reina no estaba de acuerdo con que Juana dejara a su primera hija, según la carta del rey.

“…pero desto non enbio desir cosa alguna a la Reina porque non se si le plasera, ni cunple que ella sepa que va alla para esto, fasta que sea encaesçida, e yo este con ella sobrello, salvo que fue alla por se acaesçer allí a este tiempo…

El rey Enrique III de Castilla, Calixto Ortega

La vida matrimonial de los reyes debió de ser bastante feliz. Enrique, según parece, no tuvo amantes ni hijos bastardos. Se conserva solo una carta entre los esposos que demuestra la relación entre ellos.

Reyna: yo el Rey vos enbio mucho saludar como aquella que amo como a mi coraçon. Fago vos saber que yo, considerando el estado en que vos agora estades, et por que tengades ay con vos quien vos faga todo placer e vos quite de algunos enojos, he acordado enviar por donna Teresa, priora del monesterio de Santo Domingo el Real de Toledo para la enbiar a vos que este conbusco, porque es tal persona con la que vos abredes mucho placer mas que con otra persona alguna, et que vos fara todavía quantos servicios e plaçeres ella pudiere”. (3 de septiembre de 1404)

Mientras tanto, la salud de Enrique III se agravó y Catalina estaba preparándose para defender la tutela del príncipe Juan.

Al morir Enrique III de Castilla el 25 de diciembre de 1406, a los 27 años de edad, Catalina, junto con su cuñado Fernando de Antequera, según el testamento real, que deberían “regir ambos a dos, juntamente”, ejerció la regencia durante la minoría de edad de su hijo Juan II, que tenía un año.

Según los deseos del rey, la educación y la custodia del niño corrieron a cargo del camarero mayor y merino  mayor de Castilla, Juan de Velasco, del justicia mayor Diego López de Estuñiga y del erudito converso Pablo de Santa María, obispo de Cartagena.

La reina Catalina se opuso completamente a que su hijo estuviese en manos de los nobles, como ordenó el rey en su testamento. Estando en estos momentos en Segovia, puso problemas a la entrada de los caballeros el 7 de enero de 1407, temiendo que la obliguen a renunciar a la custodia de su hijo. Además de Catalina había un grupo de nobles que se oponían a que el rey estuviera controlado por un grupo de ellos:

La reyna sintiose desto por muy agraviada, diziendo que mas rrazon era, pues ella era madre del rey, que ella toviese la tenencia y guarda de su persona que otro ninguno. E asy por esto como porque a otros grandes del rreyno non plazi que estos dos señores toviesen la guarda de la persona del rey, fue acordado que la reyna lo toviese y non otro alguno”.

Incluso el rey de Portugal ofreció sus tropas a Catalina si había que defender sus derechos a la custodia de su hijo.

El 15 de enero de 1407 los tutores del rey prestaron su juramento de fidelidad. La reina anunció que, por su parte, cumpliría con todo lo establecido en el testamento, “salvo en la criança del dicho Rey su hijo, que dixo que ella lo entendía tener e criar, pues lo pariera e saliera de las entrañas de su vientre”.

Al final, Diego López de Estuñiga y Juan de Velasco cedieron a las presiones y, a cambio de una importante suma de dinero, consintieron en que la reina conservara a su hijo en su poder.

Durante su infancia el joven rey estuvo muy unido a su madre y casi seis años estuvo en estrecha custodia por miedo al secuestro, primero en el Alcázar de Segovia, solo con damas de su madre y clérigos de alta alcurnia, y luego en las casas del monasterio de San Pablo en Valladolid. Durante su infancia empezó la amistad con el entonces paje Álvaro de Luna, que fue presentado al rey cuando este tenía cuatro años, y el paje 18.

Antes de comenzar la campaña militar contra el reino de Granada, planeada por el infante Fernando y según el testamento del rey Enrique para estos casos, el reino fue dividido entre los dos regentes para administrar cada uno sus territorios. Catalina estaba en contra de la división, insistiendo que ambos, ella y Fernando, deberían partir hacia la frontera, quedando ella en Córdoba. Sin embargo, el Consejo Real decidió que, por el motivo de corta edad del rey, la reina debía quedarse con él y con las infantas en Segovia.

A Catalina le correspondió la administración de los territorios de Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco, Castilla la Vieja, León y parte de Castilla la Nueva.

Después de la fallida campaña del infante Fernando contra Granada, sus relaciones con la reina Catalina han empeorado. El infante, para solucionar las dificultades económicas durante la campaña, ordenó a acunar la moneda devaluada, además sin comunicárselo a la reina. El asunto fue tratado en el Consejo Real a su regreso a Castilla y fue el motivo del comienzo del enfrentamiento entre los dos regentes.

Don Fernando empieza el intento de expulsar del Consejo Real a los partidarios de la reina Catalina. Así desobedece el testamento del rey, concentrando como regente demasiado poder en sus manos. De esa manera, el infante don Fernando, esperaba poder manipular a la reina y apartarla del gobierno.

Leonor Lopez de Cordoba

Además, se preparó para atacar a la dama favorita y confidente de la reina, doña Leonor López de Córdoba, aprovechando el descontento con ella de  muchos nobles, que la veían como obstáculo para acceder a la reina.

Catalina solo podía relacionarse con las mujeres de alta nobleza, los sirvientes y administradores de su casa, pero necesitaba estar informada de lo que ocurría fuera de la Corte. Encontró en doña Leonor la persona idónea para eso, con influencia e inteligencia suficientes para penetrar en la compleja política del infante don Fernando. Doña Leonor estaba emparentada con la familia real, su padre y su madre eran sobrinos de don Juan Manuel y del rey Alfonso XI, respectivamente. Como tenia la edad de la madre de Catalina, la reina se refería a ella como “la muy amada y deseada madre doña Leonor Lopez, mi dueña, fija del maestre don Martin Lopez, que Dios perdone, como aquella que mucho amo y precio, y de quien mucho fio”.

Leonor Lopez de Cordoba, valida de la reina

El infante Fernando consiguió apartar a Leonor de la reina Catalina y confinarla en Córdoba. Cuando se le presentó la oportunidad de regresar a la Corte, doña Leonor pidió permiso a Fernando, quien le ordenó acudir a Cuenca. Al enterarse del asunto, la reina mandó al infante enviar a Leonor de vuelta a Córdoba, negándola el regreso a la Corte. El enfado de la reina se debía a las sospechas de que doña Leonor podría ser  utilizada por el infante Fernando como espía, en su propia casa.

Con la muerte del rey de Aragón, Martín el Humano, surgió un problema sucesorio y Catalina apoyo la candidatura de su cuñado, Fernando de Antequera, con la esperanza de que si se salía elegido, abandonaría la regencia.

Acta notarial original de la elección de Fernando de Antequera como rey de Aragón por los nueve compromisarios de Caspe, 28 de junio de 1412.

El Compromiso de Caspe de 1412 elige a Fernando rey de Aragón. Pero la esperada renuncia a la regencia no llegó. Sin embargo, Catalina, con la generosidad propia de ella, le envió en 1414, con el motivo de su coronación, una corona del tesoro real de gran valor. Dice la crónica que entre las joyas encontró “una corona que podría pesar quince marcos de oro, en la qual había muchos balaxes y esmeraldas, e zafiros, e perlas muy gruesas de gran valor”. Era la corona con la que había sido coronado Juan I, padre de don Fernando y de Enrique III.

En mayo de 1413, el candidato fallido al trono de Aragón, conde de Urgel, se sublevó y la reina Catalina volvió a ayudar a su cuñado.

“…como amaba mucho al Infante y era de gran corazón e muy franca, mando llamar quatrocientas lanzas, e mandoles que a mas andar se fuesen para el Rey de Aragón su hermano…y escribió al Rey de Aragón que ella embiaba aquellas quatrocientas lanzas en tanto que se aparejaban quatro mil que a su costa le entendía de embiar para con que pacificase sus Reynos….e que si tal necesidad fuese, con todas las gentes del Rey su hijo le ayudaría, e vendería para ello si menester fuese todas sus joyas”. (Pérez de Guzmán, “Crónica de Juan II”).

El 12 de junio de 1415, en Valencia, se celebra la boda del heredero de la corona de Aragón, Alfonso, y la infanta María de Castilla. La reina Catalina hubiera preferido otro matrimonio para su hija, pero según parece, la propia María estaba muy interesada en casarse con su primo. Catalina, sin embargo, consiguió sustituir el marquesado de Villena de la dote de su hija por una suma de 200 mil doblas, para evitar esta peligrosa proximidad a Aragón. Una suma que Catalina tardó una década en pagar entera.

Una vez fallecido Fernando de Antequera en 1416, Catalina asumió también la diplomacia con Granada y los tratos con las órdenes militares, asuntos que hasta entonces llevaba Fernando. Tuvo que enfrentarse a la nobleza que pretendía secuestrar al príncipe heredero. Con la desaparición de Fernando de Antequera, quedando la reina Catalina como única regente y tutora de su hijo, el rey Juan II, los nobles del Consejo Real empezaron sus intentos de aislar a la reina de sus consejeros más leales. Obligaron a Catalina a enviar a su válida de entonces, doña Inés de Torres al convento de Santo Domingo el Real de Toledo y a Juan Álvarez de Osorio que “estava en la guarda del rey” a sus dominios de León. Al rey, que ya cumplió los doce años, se le asignó una serie de caballeros para acompañarle en todo momento. Con esta decisión la reina estaba de acuerdo, porque el rey Juan debía empezar su formación como caballero. Catalina comenzó también a negociar el casamiento de su hijo con la hija del rey de Portugal.

Tenemos el testimonio de Fernan Pérez de Guzmán (1377 – 1460), poeta e historiador, sobre Catalina:

Fue esta reina alta de cuerpo e muy gruesa, blanca e colorada e rubia. En el talle a meneo del cuerpo tanto pareçia hombre como muger. Fue muy onesta e guardada en su persona e fama, liberal e manifica, pero muy sometida a privados e muy regida dellos, lo qual, por la mayor parte, e biçio común de los reyes. No era muy regida en su persona; ouo una gran dolencia de perlesía, de la qual non quedo bien suelta de la lengua nin libre del cuerpo”.

En 1418, su salud empeoro, pidió ser llevada a Valladolid y que su hijo, Juan II, se acercase a Simancas para estar cerca.

La reina Catalina de Lancaster falleció en Valladolid el 2 de junio de 1418, a los 45 años de edad, de “perlesía” según las fuentes. Sus restos fueron trasladados a Toledo, donde recibió sepultura en la Capilla de los Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo.

Sepulcro de Catalina de Lancaster en la Capilla de los Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo

Resulta interesante la decisión de la reina de enterrarse junto a Enrique II de Castilla, el responsable de la muerte de su abuelo, Pedro I. Seguramente se debía a que Catalina era consciente de encarnar la unión de las dos líneas dinásticas, lo que trajo la solución al conflicto por el acceso al trono de una rama bastarda.

Según el cronista fray Lope de Barrientos, “fue su muerte muy grand daño para el rreyno, segunt después se paresçio”.

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